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En el Día de la Asunción de la Virgen, Pulares se vistió de fiesta por la Virgen de Urkupiña

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Ayer, sábado 15 de agosto, Día de la Asunción de la Virgen María, la fe volvió a manifestarse de múltiples maneras en distintos puntos de Salta. En Chicoana, como en tantos otros lugares, la celebración tuvo un nombre propio y profundamente arraigado entre sus devotos: la Virgen de Urkupiña.

A unos 40 kilómetros de la capital salteña, la jornada comenzó a las 11 en la parroquia San Pablo, cuya iglesia se vio colmada de fieles que llegaron llevando sus imágenes de la “Mamita” para participar de la misa y recibir la bendición del párroco.

Finalizado el oficio religioso, la solemnidad del templo dio paso al color y al movimiento. Al compás de caporales y morenadas, los fieles recorrieron los alrededores de la plaza principal acompañando las imágenes.

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Después, cada Virgen siguió el camino de quienes la habían llevado hasta allí. Y comenzaron otras celebraciones, más íntimas y familiares, en distintos hogares de la zona.Una de ellas tuvo lugar en Pulares, paraje ubicado aproximadamente a cinco kilómetros de Chicoana, donde las hermanas Nora, Gloria del Huerto y Gloria del Socorro Tula Chocobar, integrantes de una numerosa familia, abrieron las puertas de la antigua casona familiar para honrar a la Virgen, y Pulares se vistió de fiesta.

Más de 80 personas participaron de un encuentro en el que hubo devoción, afecto, amistad, reencuentros y mesas tan generosas como quienes recibieron a los invitados: empanadas, locro, picante de mondongo y una interminable variedad de postres.

Dieciséis imágenes de la Virgen de Urkupiña ocuparon el centro de la celebración.

Todo comenzó con la bendición de los alimentos, a cargo de Norita. Después del almuerzo llegó uno de los momentos característicos de esta tradición: el “chayado” de las imágenes. Al ritmo de la música, las parejas fueron pasando frente al improvisado altar mientras rociaban con cerveza el espacio reservado a las pequeñas imágenes de la Virgen, en una ceremonia donde devoción y alegría dejaron de parecer conceptos contrapuestos, pero la tarde todavía guardaba una sorpresa.

Gloria del Huerto apareció caracterizada como una “abuelita” y protagonizó un monólogo cargado de humor, ocurrencias y algunas de esas verdades que, protegidas por un personaje, pueden decirse con una libertad que difícilmente tendrían fuera del escenario. La actuación arrancó carcajadas y se convirtió en uno de los momentos más celebrados de la jornada.

Después hubo baile, hubo música, hubo abrazos; siguieron los agradecimientos a la Virgen.

Las organizadoras suelen decir que la Virgen de Urkupiña es una Virgen “divertida”. Quizás lo vivido en Pulares ayude a comprender qué quieren expresar con esa definición.

Porque la fe no necesariamente tiene que manifestarse únicamente mediante el silencio, la solemnidad o el recogimiento. También puede expresarse en la alegría de encontrarse, compartir una mesa, bailar, reír y agradecer juntos.

Y eso fue, precisamente, lo que ocurrió en Pulares: una comunidad celebrando su fe en María y, al mismo tiempo, celebrando la alegría de estar juntos.

El broche de oro: la "abuelita" y sus verdades junto a Norita, la presentadora.

OPINIÓN DEL PERIODISTA

Hay cosas que una crónica no puede contar.

El oficio del periodista consiste, entre otras cosas, en observar y después intentar convertir lo observado en palabras. Quiénes estuvieron, qué ocurrió, dónde, cuándo, cómo.

Pero hay ocasiones en que ese mecanismo resulta insuficiente, porque una crónica puede contar que hubo más de 80 personas, 16 imágenes de la Virgen, empanadas, locro, música, baile y un chayado. Puede describir una casona, unas mesas largas o un altar improvisado.

Lo que difícilmente pueda hacer es transmitir qué se siente estando allí. Y quizás eso sea lo que ocurrió en Pulares, en esa casa.

Este periodista llegó como invitado junto a Luis AramayoHéctor Alarcón, las hermanas Anita y Elisa Cabirol y sus esposos, Sergio Quiroz y Oscar Ramón Vargas. Varios de ellos, amigos y antiguos compañeros de colegio de las hermanas Gloria del Huerto y Gloria del Socorro.

Pero detrás de esos nombres había algo que ninguna lista de invitados podía explicar: habían pasado 50 años.

Medio siglo desde que algunos de aquellos compañeros habían compartido aulas, juventud y sueños antes de que la vida hiciera lo que inevitablemente hace: abrir caminos distintos y mandar a cada uno hacia su propio destino, Pero ese destino quiso el reencuentro. Y allí estaba nuevamente Gloria del Socorro.

Gloria del Socorro

Después de terminar la secundaria, como todos los integrantes de aquella promoción, comenzó a construir su propio camino.

Trabajó inicialmente en una clínica de Salta hasta que una circunstancia aparentemente menor terminó cambiándole la vida. Acompañó a una licenciada a un reclutamiento de las Fuerzas Armadas que buscaba personal de enfermería. Ella no iba con intención de incorporarse, pero terminó enrolándose.

El destino la llevó a Buenos Aires y allí construyó buena parte de su vida y desarrolló una carrera profesional digna de reconocimiento.

Pero hay un capítulo que inevitablemente sobresale: Malvinas.

Gloria formó parte de aquella historia desde el lugar que le correspondió ocupar como integrante de las Fuerzas Armadas. Existen vivencias de aquellos días que pertenecen a su historia personal y que, por su condición de personal de reserva, no corresponde revelar. Quizás tampoco haga falta, pero sí reconocerlo.

Porque cincuenta años después, en una casona de Pulares, la mujer que había partido y aquellos compañeros cuyos caminos tomaron otras direcciones volvieron a encontrarse.

Y entonces uno comprende que aquella celebración de la Virgen terminó celebrando también otra cosa: el tiempo, la amistad, la posibilidad de reencontrarse. Y el privilegio, que con los años uno aprende a valorar mucho más, de todavía estar.

Tal vez por eso vinieron inevitablemente a la memoria aquellas palabras atribuidas a San Francisco que hablan de llevar amor donde existe odio; perdón donde hubo ofensa; unión donde existe discordia; fe frente a la duda; alegría frente a la desesperanza y luz frente a las tinieblas.

Porque la fe puede estar dentro de un templo, pero también puede aparecer alrededor de una mesa, en una carcajada.

En dos personas que se abrazan después de cincuenta años, en una familia que abre su casa, en amigos que vuelven a encontrarse.

Y allí, en ese paraje alejado, pero cercano a Dios, hubo todo eso.

Gracias.

OPINIÓN DEL PERIODISTA

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