La tercera apertura de sesiones ordinarias de Javier Milei fue cualquier cosa menos rutinaria. Durante más de dos horas, el Presidente desplegó un paquete de reformas estructurales de enorme alcance, reafirmó su alineamiento estratégico con Estados Unidos y dejó una escena política atravesada por insultos, gritos y una confrontación constante con la oposición.
No fue solo un discurso. Fue una demostración de método.
Noventa reformas y la arquitectura del Estado
Milei anunció que cada ministerio elaboró diez paquetes de reformas estructurales. Noventa proyectos en nueve meses. Privatizaciones, reforma del Código Civil y Comercial, modificación del Código Penal, cambios en el sistema electoral y en el financiamiento de los partidos, juicios por jurado en la justicia federal y un rediseño institucional que, según sus palabras, apunta a “los próximos 50 años”.
El mensaje económico fue claro: superávit fiscal, eliminación de la emisión para financiar gasto, baja de impuestos por 2,5 puntos del PBI, caída de la inflación desde niveles superiores al 200% anual a cifras cercanas al 30%, crecimiento acumulado superior al 10% en dos años.
En seguridad, reivindicó la baja en homicidios y la aplicación del protocolo antipiquetes. En regulación, celebró la eliminación de más de 14.500 normativas. En inversión, presentó al RIGI como la herramienta de desarrollo más eficaz de las últimas décadas.
El contenido fue ambicioso. El volumen reformista, inédito en términos recientes.
Estados Unidos como política de Estado
En política exterior, Milei no dejó dudas: la relación con Estados Unidos debe convertirse en política de Estado. El guiño explícito al “Make America Great Again” ampliado “de Alaska a Tierra del Fuego” no fue casual. Fue declaración estratégica.
El alineamiento se enmarca en un contexto global de redefinición de bloques. Milei eligió claramente el eje occidental y planteó una visión del mundo dividida entre “naciones libres y naciones sometidas”. La compra de F-16 y la referencia al Atlántico Sur como espacio estratégico reforzaron esa narrativa.
No es diplomacia neutra. Es posicionamiento ideológico y geopolítico.
Del atril al barro
Hasta ahí, un discurso de reformas profundas y definición estratégica.
Pero el tono alteró la escena.
“Manga de ladrones”, “parásitos”, “chorros”, “traidores”, “kukas”, “me encanta domarlos”. Las interrupciones, los cruces con legisladores y la teatralización permanente transformaron el recinto en un ring.
El Congreso dejó de ser espacio deliberativo para convertirse en escenario de combate moral.
Aquí aparece la pregunta central: si el Gobierno exhibe resultados económicos que considera exitosos, ¿por qué elegir la confrontación constante como forma discursiva?
La incivilidad no fue un exabrupto aislado. Fue sistemática.
No pareció desborde emocional, sino estrategia.
La oposición no fue tratada como adversario político legítimo, sino como enemigo moral.
Y cuando el enemigo es moral, el acuerdo se vuelve innecesario.
La doble transmisión
Mientras la señal oficial enfocaba el atril, en redes sociales circulaba #AsambleaLadoB, mostrando los gritos, los gestos, los cruces omitidos. Hubo dos relatos simultáneos: el institucional y el lateral.
La imagen final no fue la de un Presidente celebrando cifras, sino la de un líder defendiendo su victoria a los gritos.
Gobernar sin concesiones
Milei cerró como siempre: “Viva la libertad, carajo”.
El mensaje fue coherente con su estilo: velocidad, acumulación de reformas y confrontación sin matices.
La incógnita es otra:
¿Puede sostenerse durante todo un año legislativo un ritmo de noventa reformas estructurales con un Congreso convertido en arena permanente?
¿Hasta dónde la polarización cohesiona y en qué punto comienza a erosionar?
El contenido del discurso proyecta transformación.
El tono proyecta combate.
Y cuando el combate se convierte en método, la gobernabilidad deja de depender solo de los números.
