Un informe de la Universidad de Palermo registró una caída interanual del 1% en el consumo privado durante septiembre. Aunque hubo una leve recuperación frente a agosto, el indicador acumula diez meses consecutivos de retroceso. Los alimentos y otros bienes de consumo cotidiano, junto con los servicios recreativos, continúan mostrando dificultades.
El consumo privado volvió a mostrar señales de debilidad en Argentina. Según el Índice de Consumo Privado de la Universidad de Palermo (ICP-UP), durante septiembre de 2026 el indicador cayó un 1% en comparación con el mismo mes del año pasado y acumuló una retracción del 1,3% entre enero y septiembre.
El informe, difundido el miércoles 14 de octubre, también registró una suba mensual del 0,5% respecto de agosto, al descontar los efectos estacionales. Sin embargo, esa mejora no alcanzó para revertir la tendencia negativa que se mantiene desde hace diez meses.
¿Qué están dejando de consumir los argentinos?
El relevamiento muestra diferencias importantes según el tipo de gasto. Durante septiembre, el consumo masivo —que incluye productos de compra habitual— cayó un 3,2% interanual. Los servicios recreativos registraron una disminución del 6,4%.
En cambio, los bienes durables, como determinados electrodomésticos y otros productos de larga vida útil, aumentaron un 3,2% interanual, mientras que los semidurables subieron un 4,3%. Estos resultados muestran que el comportamiento del consumo no es uniforme: algunos rubros crecen mientras otros retroceden.
El ICP-UP es un indicador elaborado por la Facultad de Negocios de la Universidad de Palermo para anticipar la evolución del gasto de los hogares. Se construye a partir de distintos indicadores económicos y no representa un relevamiento exhaustivo de cada compra que realizan las familias argentinas.
Para comprender el impacto sobre la vida cotidiana también es necesario observar otros indicadores, como la inflación, la evolución de los salarios, el empleo y el costo de los servicios esenciales.
El consumo es una pieza importante de la actividad económica: cuando las familias compran menos, los efectos pueden trasladarse a los comercios, las pequeñas empresas y los sectores que dependen de las ventas para sostener sus ingresos.
Por eso, el desafío no consiste solamente en observar si un indicador sube o baja de un mes a otro, sino también en comprender qué sucede con el poder adquisitivo y las posibilidades reales de los hogares para cubrir sus necesidades.
OPINIÓN DEL PERIODISTA
Detrás de cada porcentaje hay una realidad que no siempre se alcanza a ver en los informes económicos: familias que hacen cuentas antes de salir de casa, trabajadores que cobran y deben repartir sus ingresos entre alimentos, alquiler, transporte, servicios y educación. Y cuando las cuentas no cierran, empiezan los recortes.
Primero se deja de comprar algo que no es indispensable. Después se suspenden las salidas, se posterga la compra de ropa o se deja para otro momento ese arreglo de la casa que ya no puede esperar. A veces, incluso, se modifica la alimentación para intentar llegar a fin de mes.
Por eso, la caída del consumo no debería leerse solamente como un número, sino también como una señal de las dificultades que pueden estar atravesando los hogares. El indicador no explica por sí solo la situación de cada familia, pero sí muestra una tendencia que merece atención.
Una economía no se mide únicamente por sus cifras generales. También importa saber si los ingresos alcanzan, si el trabajo permite vivir con dignidad y si las personas pueden cubrir sus necesidades sin tener que resignar una cosa para pagar otra.
Porque consumir no significa solamente comprar más. Significa, para muchas familias, tener la posibilidad de acceder a lo necesario y, cuando se puede, disfrutar de algo más que la supervivencia cotidiana.
La pregunta es cuánto puede recuperarse una economía si los hogares siguen sintiendo que cada vez tienen que elegir más y pueden llevarse menos.
¿O será que hay que esperar las próximas elecciones?