La provincia de Salta quedó conmocionada tras conocerse un grave caso de violencia digital que tiene como víctimas a estudiantes de la Universidad Nacional de Salta (UNSa). La Justicia ya imputó a dos sospechosos acusados de crear y difundir imágenes íntimas falsas de compañeras de facultad utilizando herramientas de inteligencia artificial.
El caso abrió un fuerte debate social sobre los límites del uso de la IA, la violencia de género en entornos digitales y el impacto psicológico devastador que generan este tipo de prácticas.
Todo comenzó cuando varias alumnas de la Facultad de Humanidades descubrieron que fotografías personales extraídas de sus redes sociales habían sido manipuladas digitalmente para simular desnudos y escenas sexuales explícitas. Las imágenes luego eran compartidas y subidas a plataformas pornográficas sin conocimiento de las víctimas.
Según la investigación judicial, ya fueron detectadas al menos 43 imágenes manipuladas pertenecientes a once mujeres denunciantes, aunque no se descarta que existan más víctimas. La denuncia fue impulsada tanto por las estudiantes afectadas como por autoridades de la Facultad de Humanidades de la UNSa.
La fiscal penal especializada en Ciberdelincuencia, Verónica Simesen de Bielke, explicó que las fotografías originales eran reales y habían sido tomadas de perfiles públicos o cuentas personales de redes sociales como Instagram, Facebook y WhatsApp. Posteriormente eran alteradas mediante programas de inteligencia artificial capaces de generar imágenes hiperrealistas falsas.
Dos imputados y allanamientos
El primer detenido en la causa fue un estudiante de 28 años de la misma facultad, acusado de haber creado parte del material íntimo falso. Días después, la Justicia avanzó con la imputación de un segundo sospechoso de 26 años, también vinculado a la maniobra investigada. Ambos fueron acusados por lesiones graves agravadas por mediar violencia de género reiteradas.
Durante los allanamientos realizados por la Dirección General de Ciberseguridad de la Policía de Salta se secuestraron teléfonos celulares, computadoras, discos rígidos y distintos dispositivos electrónicos que ahora serán sometidos a pericias informáticas. Los investigadores buscan determinar el alcance de la difusión y si existen más personas involucradas en la creación o circulación de las imágenes.
La jueza Victoria Montoya Quiroga dispuso medidas sustitutivas para el segundo imputado, aunque autorizó el análisis completo de sus dispositivos electrónicos en el marco de la investigación.
Desde la fiscalía remarcaron que las consecuencias psicológicas para las jóvenes fueron extremadamente graves. Varias víctimas sufrieron ataques de ansiedad, crisis de angustia, miedo a asistir a clases y exposición pública. Algunas incluso debieron modificar rutinas, cerrar temporalmente sus redes sociales o concurrir acompañadas a la universidad por temor.
La fiscal Simesen de Bielke sostuvo que “el menoscabo a la integridad de las víctimas es tremendo” y advirtió sobre el enorme daño emocional que generan estas prácticas, incluso cuando las imágenes sean falsas.
Especialistas denominan “deepfakes” a contenidos falsos creados mediante inteligencia artificial capaces de imitar rostros, cuerpos y voces de personas reales con un alto nivel de realismo.
En los últimos años crecieron en todo el mundo los casos de “deepfakes sexuales”, donde fotos reales son manipuladas para fabricar pornografía falsa sin consentimiento. Organismos internacionales y especialistas en ciberdelitos vienen alertando sobre el crecimiento exponencial de esta modalidad de violencia digital, particularmente contra mujeres y adolescentes.
En Argentina, este tipo de hechos comenzó a encuadrarse dentro de la denominada Ley Olimpia, normativa que reconoce la violencia digital como una forma de violencia de género y sanciona la difusión de contenido íntimo sin consentimiento, incluso cuando las imágenes hayan sido manipuladas artificialmente.
OPINIÓN DEL PERIODISTA
Hay algo profundamente perturbador en esta historia. Y no es solamente la tecnología. Lo verdaderamente perturbador es descubrir hasta dónde puede llegar la crueldad humana cuando encuentra nuevas herramientas para hacer daño; esto parece algo interminable para el ser humano, que siempre va a encontrar nuevas formas de generar daño en los demás.
Porque detrás de cada imagen falsa había la distorsión de una persona real, una estudiante, una mujer, una compañera de cursada, que probablemente jamás imaginó que una foto subida a sus redes sociales podía terminar convertida en pornografía falsa para circular entre desconocidos, y eso debería alarmarnos muchísimo más de lo que algunos creen, porque todavía hay quienes minimizan estos casos diciendo “pero las fotos no eran reales” como si el daño emocional dependiera de la autenticidad de la imagen y no de la humillación, el miedo y la exposición que sufren las víctimas.
El terror sí es real, la vergüenza sí es real, las crisis de ansiedad sí son reales, la sensación de perder el control sobre la propia intimidad también.
Y lo más grave, es que muchas veces esta violencia sigue teniendo un mismo objetivo: mujeres, mujeres “cosificadas” convertidas en contenido, mujeres sexualizadas sin consentimiento, mujeres reducidas a cuerpos manipulables para consumo ajeno mientras algunos lo disfrazan de “broma”, “morbo” o “experimento tecnológico”.
No, no es una broma, es violencia digital. Y probablemente sea una de las formas más crueles y peligrosas de violencia moderna porque invade algo íntimo y devastador como lo es la propia identidad.
La inteligencia artificial avanza a pasos enormes. Pero la empatía parece quedarse cada vez más atrás, y quizás ese sea el verdadero problema de esta época: no la tecnología en sí, sino las personas dispuestas a usarla para destruir la tranquilidad, la dignidad y la vida emocional de otros con un solo click.
Todo esto tiene algo del mito de Medusa al revés: ya no hace falta mirar directamente para destruir a alguien. Ahora alcanza con una foto, un programa y un click para convertir la intimidad de una persona en espectáculo público. Y lo más triste es que detrás de cada avance tecnológico seguimos arrastrando los mismos monstruos de siempre: el morbo, la violencia y la necesidad de humillar.
En otra época el miedo era que las máquinas se parecieran demasiado a los humanos. Hoy el miedo empieza a ser otro: que algunos humanos se comporten con menos empatía que una máquina, aunque muchas veces, una máquina o una iA, parezca más humana.
La inteligencia artificial no desnudó a esas jóvenes; desnudó la miseria humana de quienes lo hicieron porque las máquinas todavía no tienen conciencia; lo alarmante es que algunos humanos parecen haber perdido la suya.