Los precios aumentaron un 1,9% durante septiembre, según los datos atribuidos al INDEC, y acumulan una suba del 23,6% en los primeros nueve meses del año. En paralelo, el Fondo Monetario Internacional redujo del 3,5% al 2,1% su proyección de crecimiento económico para 2026. Dos indicadores que vuelven a poner en discusión el poder adquisitivo de los salarios y las perspectivas de recuperación.
La inflación continúa siendo uno de los principales problemas de la economía argentina. Según las cifras difundidas este martes 13 de octubre y atribuidas al Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), el Índice de Precios al Consumidor registró en septiembre un incremento del 1,9%, por encima del 1,7% correspondiente a agosto.
De confirmarse estos valores, el dato representa una nueva aceleración mensual de los precios, que acumulan un aumento del 23,6% entre enero y septiembre y del 33,4% en la comparación interanual.
Detrás de esos porcentajes se encuentra una realidad que millones de argentinos enfrentan diariamente: la pérdida de capacidad de compra cuando los ingresos no acompañan el ritmo de los aumentos.
Para dimensionarlo, una canasta de productos que costaba 10.000 pesos en septiembre del año pasado necesitaría hoy 13.340 pesos para adquirir exactamente lo mismo, si su precio hubiera evolucionado al ritmo del índice general.
Sin embargo, la inflación no afecta de manera uniforme a todos los hogares. La incidencia de los alquileres, los alimentos, los medicamentos, los servicios públicos y el transporte depende de la composición del gasto familiar. Por eso, el impacto puede resultar considerablemente mayor para determinados sectores.
El FMI también corrigió sus expectativas
Al panorama inflacionario se suma otra señal de preocupación: el Fondo Monetario Internacional habría reducido sus expectativas de crecimiento para la economía argentina durante 2026.
De acuerdo con las cifras consignadas, el organismo revisó su estimación de expansión del Producto Bruto Interno del 3,5% al 2,1%, una reducción de 1,4 puntos porcentuales.
Aunque una proyección positiva continúa indicando crecimiento económico, el recorte anticiparía una recuperación menos dinámica que la esperada anteriormente.
Un menor ritmo de expansión puede traducirse en dificultades para generar nuevos puestos de trabajo, incrementar la producción, impulsar inversiones y recuperar el consumo interno.
A ello se agrega una previsión inflacionaria del 32,5% para 2027, atribuida al organismo internacional. Se trata de una estimación y no de un resultado definitivo, por lo que puede modificarse conforme evolucione la economía.
Salarios y precios: una carrera desigual
Uno de los principales interrogantes que dejan estas cifras es qué sucederá con el poder adquisitivo de los trabajadores.
Cuando los precios aumentan más rápidamente que los salarios, el resultado es una reducción del ingreso real, incluso cuando los trabajadores reciben incrementos nominales en sus remuneraciones.
Esta situación repercute especialmente en jubilados, empleados con ingresos fijos y trabajadores informales, cuyos recursos suelen tener mayores dificultades para acompañar los aumentos del costo de vida.
Las negociaciones paritarias, tanto en el sector público como en el privado, vuelven así a ocupar un lugar central en la discusión económica.
El impacto en Salta
La provincia no permanece ajena a este escenario nacional.
En Salta, la evolución de los precios se refleja en los gastos cotidianos de las familias, desde la compra de alimentos hasta el pago del transporte, los servicios y los alquileres.
Para los pequeños comerciantes, emprendedores y trabajadores independientes, el desafío también es considerable: sostener las ventas, afrontar los costos de funcionamiento y preservar márgenes de rentabilidad en un contexto de consumo condicionado por los ingresos.
En tanto, las negociaciones salariales de docentes, estatales y empleados del sector privado deberán considerar la evolución de los precios y las posibilidades financieras de cada actividad.
La desaceleración económica proyectada, de confirmarse, podría agregar dificultades a una situación que ya exige administrar cuidadosamente los recursos familiares.
OPINIÓN DEL PERIODISTA
El 1,9% que no es solo un número.
Nos dicen que la inflación de septiembre fue del 1,9%. Y después de haber convivido con índices mensuales que parecían no tener techo, hasta podemos sentir cierto alivio. Pero hay una pregunta que las estadísticas no siempre responden: ¿cuánto de ese alivio llega verdaderamente al bolsillo de los argentinos?
Porque una cosa es que los precios aumenten más lentamente y otra, muy distinta, es que dejen de aumentar.
El INDEC informa que la inflación acumulada en los primeros nueve meses del año alcanzó el 23,6% y que, en los últimos doce meses, llegó al 33,4%. Traducido a la vida cotidiana, significa que una compra que hace un año costaba 30 mil pesos hoy requiere aproximadamente 40 mil, siempre que sus precios hayan evolucionado como el promedio general.
Y aquí aparece una cuestión que merece ser discutida: ¿de qué sirve celebrar la desaceleración inflacionaria si una parte de la sociedad continúa teniendo dificultades para recuperar su capacidad de compra?
No se trata de desconocer que reducir la inflación es importante. Lo es, y mucho. Pero tampoco podemos confundir una mejora en los indicadores con una solución definitiva a los problemas económicos de las familias.
Y mientras tanto el FMI, desde un escritorio en Washington, te baja la nota. De 3,5% a 2,1% de crecimiento. ¿Qué le importa al salteño el FMI? Le importa porque menos crecimiento es menos laburo. Es el primo que no consigue changa, es la pyme que no toma gente, es el comercio que vende menos.
Y aunque para algunos estos porcentajes parezcan discusiones reservadas a economistas, sus posibles consecuencias son bastante más cercanas: menos oportunidades de empleo, inversiones que pueden postergarse, comercios que deben esforzarse para sostener sus ventas y pequeñas empresas que dudan antes de incorporar trabajadores.
En Salta conocemos bien esa realidad. La vemos en el comerciante que espera clientes, en el trabajador que busca mejorar sus ingresos, en el jubilado que compara precios antes de comprar sus medicamentos y en las familias que deben decidir qué gastos pueden afrontar y cuáles tendrán que esperar.
Por supuesto que una inflación menor es preferible a una mayor. Pero sería un error conformarnos con que los precios aumenten menos mientras los ingresos de muchos argentinos continúan bajo presión.
Porque el verdadero desafío económico no consiste únicamente en exhibir un índice más bajo, sino en lograr que esa mejora se traduzca en salarios con mayor poder adquisitivo, empleo genuino, producción y oportunidades.
La inflación puede estar bajando, pero los precios siguen subiendo. Y mientras los números mejoran en las planillas, demasiadas familias siguen haciendo cuentas para llegar a fin de mes.
Porque una economía no debería medirse solamente por cuánto baja la inflación, sino también por cuánto mejora la vida de quienes tienen que vivir con ella, y sino le preguntemos a doña Rosa.